26 de marzo de 2016

La estrategia del camaleón

Retomo el blog en estado de extrañeza con un tema en mente del que llevo un tiempo queriendo hablar, pero por el que jamás me decido: la impronta literaria. Me consta que hay muchos escritores a los que les sucede que, mientras trabajan en un proyecto, las lecturas a las que se exponen acaban por afectar a su estilo.
Leo Noches sin dormir, de Elvira Lindo, y me digo que siempre me ha gustado ella más que Muñoz Molina, su señor esposo. De él traje también, en la misma maleta que el de Elvira, Como la sombra que se va, en parte porque me interesa todo lo que tenga que ver con la conspiración, en parte porque transcurre en Lisboa. Me gustaría que, abandonada Nueva York, se vinieran ambos escritores a Lisboa, y encontrármelos en el club de lectura del Cervantes, o en cafés paradigmáticos, o en la sección de literatura de la FNAC. Se ven sencillos.
También estoy a punto de terminar Los amigos, una novelita japonesa de Kamuzi Yamuto que aúna dos de mis obsesiones: la infancia y la muerte; no llega al nivel de Mi planta de naranja lima en cuanto al adiós a la inocencia, pero tiene la extraña poesía que desprende todo lo japonés; además, la traducción es llamativa, lo cual, ahora que lo pienso, no sé si es bueno o malo. Menos me duró Instrumental, las duras memorias de James Rhodes que, si bien no están a la altura de Cosas que los nietos deberían saber (por eso de que comparten editorial y una cierta temática de malditismo musical), me ha atrapado por completo y despertado en mí cierto interés por la música clásica de la cual, reitero mi ignorancia, no tengo ni pajolera idea.
Hoy, comienzos de primavera, Día Mundial de la Poesía, ha caído en Lisboa un granizazo como no recuerdo. Apuro la última revisión de los Dinosaurios con la certeza de que será la última y la esperanza de encontrarle hogar, aunque aún queda camino por recorrer. A cada vuelta de la esquina surge una nueva complicación estructural, narrativa o de construcción de personajes.
Pero volvamos a aquello de lo que venía a hablar hoy: la impronta literaria o estilística. Uno no es consciente mientras le ocurre, pero poco a poco se va empapando de lo que lee y lo plasma en lo que escribe. Me ha costado percibirlo, pero relecturas relacionadas con la revisión y corrección de mis últimas publicaciones me han hecho verme reflejado en autores a los que admiro y he leído con auténtica devoción. Esto es muy claro en el caso de Donde mueren los monstruos, libro en el que queda patente que mientras tanto leía a Ricardo Menéndez Salmón en bucle o novelas de estilo tan cuidado como El ladrón de morfina, de la que ya escribí en el blog. Por ello, ahora que preparo una novela de vampiros en un ambiente rural me he hecho un listado de libros que debía leer para meterme de lleno en la temática y mitología del vampiro, pero también para entrar hasta el fondo en un ejercicio de estilo especialmente trabajado, de ahí que mis últimas lecturas hayan sido Dracula y Salem's Lot (ambas leídas en inglés, con lo cual poca impronta salvo a nivel estructural), pero tenga unas cuantas más historias de chupasangres esperando, y me haya propuesto releer toda la obra publicada por Menéndez Salmón (y van...), así como relatos de otros autores contemporáneos a quienes admiro, caso de Juan Gómez Bárcena o Matías Candeira, ambos en Salto de página. También, está claro, porque ambos se atreven con el género, y no les da miedo meterse en terrenos más transitados por la literatura latinoamericana que por la española: fantasía, distopía, ¿terror?
Ah, y ya que me termino Noches sin dormir y me quedo huérfano (qué bonita sensación de saudade incalculable nos deja un buen libro al pasar la última página), me he decidido a retomar un diario semanal en esta santa casa. Curiosamente, el año pasado ya escribí un diario entre agosto y diciembre con una sola regla: escribir una cara al día, sin saltarme ninguno. Aprovechaba trayectos en tren, pausas en el trabajo o momentos de asueto para vomitar mis frustraciones, y es que probablemente se trate del diario más triste y neurótico de los diarios, porque lo escribí con una vocación puramente terapéutica. Me sirvió para analizarme, descubrirme y observar con mayor atención mi entorno. Cuando se acabó, lo regalé. Por eso espero ser capaz de darle cierto compromiso al blog y convertirlo en mi nuevo almacén de filias y fobias, como siempre fue y nunca debió dejar de haber sido.
Mi próxima lectura

20 de febrero de 2016

Nelle

Nelle Harper Lee
(1926-2016)



12 de febrero de 2016

Insensatos


Cuando empecé a escribir, lo hacía con esa concepción egocentrista según la cual todo giraba en torno a mí, los personajes pensaban como yo y cada historia debía suponer una declaración de principios. Con el paso de los años he aprendido que no por escribir sobre un tipo repugnante me voy a convertir en uno, que no por poner a los rojos de malos y los fachas de buenos estaría defendiendo ciertos ideales; aprendí que, si el protagonista de una novela en la que trabajo es un pederasta totalmente convencido de su amor por los niños, no implica que considere la pederastia como algo bueno. Aprendí, pues, a crear sin juzgar.

A veces, cuando me llaman a hablar a algún sitio público, todavía sale el chico tímido que se enciende como una brasa si tiene que leer algo íntimo o sexual o algo que no le contaría a mi madre a la cara. Antes de hablar, de contar lo que sea que haya preparado, miro alrededor y pienso si podría ofender a alguien. Es la delgada línea entre la autocensura derivada de la corrección política (uno de los males de nuestro tiempo) y el respeto por el prójimo.


Pero los marionetistas.


Todo, y digo TODO el mundo ha pecado aquí de idiota e insensato.
El primero, el organizador del Carnaval cuando aprueba la contratación de una obra de marionetas y la incluye en la programación. Se supone que el programador de cualquier agenda cultural-lúdica conoce los espectáculos/servicios que contrata, y si estos se adecuan al público al que van en principio dirigidos. A todas luces queda en evidencia que la obra en cuestión, La bruja y Don Cristóbal, con el subtítulo "A cada cerdo le llega su San Martín", no era la representación para Carnaval de Madrid. Sólo cabe preguntarse si el que dio el visto bueno al espectáculo de marionetas fue uno de esos padres que aún consideran Los Simpson dibujitos infantiloides; eso, o era rematadamente estúpido. Insensato.
Leo que media hora antes de la representación se anunció en FB: "A las 17 horas y a las 19 horas en la plaza del Canal de Isabel II (metro Tetuán), 'La bruja y don Cristóbal', con la Compañía Títeres desde Abajo. Y no, no es para público infantil, es para adultos".
Sin embargo, en el pdf con la programación del Carnaval se indicaba que era para todos los públicos, de modo que rectificar tarde y mal no justifica la insensatez.

Los actores. Hemos leído muchas cosas estos días, entre ellas que los artistas avisaron antes de la representación, ante la presencia de niños, que aquella no era una obra para niños. Los padres, no obstante, en vez de coger a sus niños y llevarles a comprar un algodón de azúcar, transigieron. Pero yo, como autor, sentiría pudor de mostrar ante niños, aunque sea con marionetas, aunque sea ficción, un ahorcamiento, una violación, un asesinato. Creo que es una cuestión de pudor, y volvemos a la delgada línea que separa la libertad de expresión de la corrección política. Los responsables de la representación se limitaron a cumplir con su cometido, que era representar la obra con la que les habían contratado, aprobada e incluida en la programación oficial. Sin embargo, alego al sentido común de los mismos para saber decir "hasta aquí hemos llegado" y discernir lo que es moral de lo que es deleznable. Y mostrar ciertas cosas, por mucho que sea en clave de farsa o comedia, ante un público infantil no está justificado. Por tanto, pecaron los autores de falta de prudencia. Los muy insensatos.

No he entrado a valorar la calidad (o falta de) de la obra, en primer lugar porque no la he visto; en segundo, porque no es lo que estamos valorando aquí. Lo que está en juicio es si el contenido de la obra era apto para representarse en el contexto en que lo hizo, y, aunque los juicios morales son como los culos, cada uno tiene el suyo, considero que aquí se procedió sin mesura, sin cabeza, sin dos dedos de frente.

Los padres. Me encantan las dobles varas de medir. Esos padres que asisten atónitos a un ahorcamiento, a un apuñalamiento, a una violación, y sienten crecer en ellos una rabia fruto de la indignación. Pero que no estallan hasta que un personaje, (OJO, tratando de incriminar a otro) saca una pancarta que reza "Gora Alka-ETA". Más allá de la lamentable falta de ingenio del juego de palabras, supongo que estos son los mismos padres que alzaban el grito al cielo ante el beso de dos maricones, pero no con los asesinatos de niños o evisceraciones de hombres y mujeres. Tratar de encontrar en un contexto TAN CLARO una apología de la violencia o enaltecimiento del terrorismo, deducir de ahí que los actores están lanzando consignas pro-etarras es de una estupidez supina por encima de la cual debería encontrarse cualquier juez.

Pero no, aquí se llama a la policía, detención inmediata y encarcelación por orden judicial. Que ésa es otra, el juez será de esos tipos que piensan que Los Simpson son para niños, o que es peor un cartel ficticio que una violación ficticia. La falta de sentido común y juicio (valga la redundancia) del juez, su complicidad a la hora de convertir la polémica en una causa política deberían ser suficientes para invalidar cualquier decisión tomada por éste. De hecho, poco han tardado en emprenderla con él y la fiscal responsables de encarcelar a los titiriteros, y se ha impuesto una querella contra ellos por prevaricación en el auto de prisión. Otros insensatos. Estúpidos, facciosos insensatos.


La falta de actuación del Ayuntamiento de Madrid. Recordemos: ocurrió con los tweets de Zapata, con el desfile de Reyes Magos y ahora con una puta obra de marionetas. La caverna está a la que salta, y el ayuntamiento comandado por Manuela Carmena peca de blando. La respuesta ante cada nueva polémica dirigida por la derecha es torpe, poco asertiva. Gobierna la izquierda desde el complejo, con una falta de autoridad alarmante. Mientras el PP está siendo investigado sede por sede, imputado como partido, el consistorio de Madrid se ve constantemente en el punto de mira, y no sabe responder con la decisión que se le debe exigir. Manuela Carmena, que está demostrando una sensatez y juicio, un aplomo y respeto por su ciudad y conciudadanos, no ha sabido resolver estas polémicas con una voz firme y exenta de dudas. Responden rápido, pero suelen hacerlo a medias. En este caso, cesaron al responsable de la programación de la obra dentro del Carnaval, pero al día siguiente comparecía la misma alcaldesa tildando la obra de "espectáculo deleznable". Quiero decir: está bien que asumas tu error, que comparezcas, pero no sigas haciendo leña del árbol caído, que están los titiriteros presos y el responsable, cesado. Porque van a pedir más: y así fue, pronto comenzaron a pedir la cabeza de la Concejal de Cultura del ayuntamiento. Por eso hay que exigirle al Ayuntamiento de Madrid una mayor firmeza en sus decisiones, una mayor efectividad en sus comunicaciones y seguir trabajando en su proyecto más allá de las polémicas que suscite cada paso en falso. Por algo les votaron.

La derecha. El fantasma de ETA sobrevuela España cada vez que el PP se encuentra al borde del colapso. Que en este caso el debate se haya desplazado de la (no) idoneidad de una obra de títeres para una celebración familiar a la enésima resurrección de ETA y los filoetarras nos debería dar una idea del grado de desesperación de un partido que se encuentra en el momento más crítico de su historia, con un Gobierno que se le va de las manos, por lo que decide aferrarse al clavo ardiendo que es ETA, siempre con el argumento de que las víctimas son intocables y cualquier argumento en contra de sus trasnochadas teorías conspiranoicas puede entenderse como una afrenta directa a las víctimas. Parece haber olvidado la derecha que en terrorismo, que en verdugos y víctimas no hay derecha e izquierda, que no pueden apuntarse el tanto de la lucha contra el terrorismo y resucitar al que en su día fue el mal mayor del país a voluntad para desviar la atención o arengar a la población en pos a la formación de un Gobierno conservador y el hallazgo de una polémica en la izquierda a la altura de la corrupción que asola a todos los populares. Son quienes deberían andarse con más pies de plomo que nadie, pero deciden arramplar a la mínima para hacerse oír. Los ignorantes, malignos insensatos.

En conclusión, lo de programar una obra para adultos en plena programación familiar y representarla delante de niños a pesar de los contenidos de mal gusto fue una cagada en toda regla. En eso estamos de acuerdo. Incriminar a los titiriteros por cumplir con su trabajo, más allá de la calidad artística (o ausencia de ésta) de la obra fue una cagada mayor, sobre todo por los cargos que se adujeron. Convertir esto en el despertar de la fuerza etarra y volver a promover la ruptura social y política de un país lo suficientemente roto es una tremenda falta de consideración. Hacer de una anécdota un asunto de estado, jugar con los derechos humanos, con todo el sistema legal de un país, para servir una agenda política, debería ser punible, Confundir ficción y realidad es algo infantil, creer que los títeres son sólo para niños es, cuanto menos, un razonamiento irreflexivo. España está llena de insensatos de todos los colores, de todas las formas.

Al resto, os recomiendo los títeres de la cachiporra: http://www.alternativateatral.com/obra27177-los-titeres-de-cachiporra

30 de enero de 2016

Poetas brasileños I: Luca Argel

Fuente: Rocirda Demencock

THE ACT OF KILLING - Joshua Oppenheimer (2012)

1.

la primera víctima de la silla eléctrica
fue un perro sin raza llamado "Dash".
su muerte ocurrió en nueva york
el día 30 de junio de 1888.*
primero, descargaron 300 voltios por el cuerpo de Dash,
lo que le hizo aullar.
después probaron con 400 voltios, que tampoco
consiguieron matarlo.
al fin se subió la corriente a 700 voltios,
que lo dejaron con la lengua fuera,
pero seguía respirando.
fue al cuarto intento que lo mataron,
comprobando, así, la eficacia del invento.**

* 17 días después del nacimiento de Fernando Pessoa.
** Durante los dos años siguientes, la comisión estadounidense trataría de poner en marcha hasta treinta y cuatro posibilidades diferentes que substituyeran a la horca, de las cuales sólo conocemos las cuatro finalistas: el garrote vil; la guillotina; inyecciones hipodérmicas (opción rechazada más tarde, pues "la morfina podía llevar a eliminar el miedo a la muerte en los reos"); y, por supuesto, la silla eléctrica, que ya había sido perfeccionada con la ayuda de otros perros antes de Dash (además de caballos).

2.

la primera víctima humana de la silla eléctrica
fue un hombre llamado William Francis Kemmler
su muerte ocurrió en nueva york
el día 6 de agosto de 1890.
Al contrario que Dash,
Kemmler era un criminal confeso.
se suponía que el invento debía causarle una muerte tan rápida
que le pasaría casi inadvertida.
los verdugos que prepararon la ejecución de Kemmler
eran ingenieros y electricistas:
no eran figuras enmascaradas ni policías.
una vez sentado y amarrado,
se dio orden de liberar los 1000 voltios acordados.
según los testigos,
el cuerpo de Kemmler se puso rígido enseguida,
se le salieron los ojos y su piel se puso blanca.
tras diecisiete segundos,
un médico certificó la muerte del reo.
se cuenta que en ese momento el Dr. Alfred Southwick,
un dentista que estaba presente,
se levantó y declaró: "he aquí
la culminación de diez años de estudios y trabajo.
a partir de este día vivimos en una civilización más elevada."

* Sin embargo, Kemmler no había muerto aún, y varios testigos lo hicieron saber. Entonces se subió la corriente de inmediato a 2000 voltios, y no tardó en comenzar a manarle saliva de la boca, se le rompieron las venas y las manos se le llenaron de sangre. Por último, el cuerpo ardió en llamas por completo.


Poema extraído de Telhados de vidro nº 20 (Ed. Averno, 2015)
Traducción propia.

1 de noviembre de 2015

Escribir terror

Hoy, 1 de noviembre, además de Día de Todos los Santos, es el cumpleaños de mi madre. Con la resaca da Halloween aún fresca, no sé cómo ha ido a parar a mis manos mi primera novela, La traición de Wendy. El caso es que lo ha hecho y, por primera vez en años, la he releído. Da la casualidad, además, de que justo esta semana me propuse rescatar mi primera publicación, el relato largo "Si llueve...", ganador del premio para autores noveles otorgado por el Pacto Andaluz por el Libro en 2007. Con el tiempo, no obstante, descubrí que dicha novelita se trataba de un calco a mi manera del famoso relato de Shirley Jackson "La lotería", pero más adelante hablaré de las fuentes y referentes que maneja un autor.
La cuestión: el miedo. O escribir miedo, historias de miedo como aquellas que se cuentan de noche en la playa o en torno a una hoguera.
Antes de escribir terror, leia terror. No tengo una idea clara de cuándo nació este interés por el género: de niño leía de forma compulsiva cuanto caía en mis manos. Todo el Barco de Vapor, las novelas de Edelvives y Alfaguara, libros para niños mucho más pequeños llenos de ilustraciones, cómics a porrillo (de Bruguera a clásicos franceses/belgas), hasta que, acabada la vasta colección de lecturas que me interesaban en la sección infantil-juvenil, decidí dar el paso a las estanterías desconocidas, donde otro puñado de autores me esperaban: libros Adultos. Esto, sumado a las recomendaciones de algún familiar y algún profesor, me llevó a conocer el mundo del bestseller, pero también de los clásicos de las letras españolas. Sin embargo, entre libros prestados, aquellos cogidos de la biblioteca y las lecturas obligatorias del plan de estudios, un nombre sacó pecho y cabeza con fuerza inusitada: Stephen King.
Ni siquiera recuerdo muy bien qué fue lo primero que leí de él, varios de sus libros más inusuales como Los ojos del dragón o El fugitivo. Curiosamente, en una biblioteca tan grande y tan bien servida, sólo contaban con este último de King (ya me he encargado yo de donar varios de los tochos del Rey del Terror). La cuestión es que a estas primeras incursiones les siguieron joyas como El misterio de Salem's Lot, It, El umbral de la noche o Carrie, por sólo citar algunas de mis novelas preferidas. King me incitó a conocer a sus maestros, ni más ni menos que Poe y Lovecraft, quienes me abrirían las ventanas a otros herejes y dueños del terror.
De hecho, desde siempre he sentido cierta fascinación por el terror: recuerdo con particular detalle cada vez que en casa veíamos La profecía, La semilla del diablo o un episodio especialmente hilarante mientras veíamos El muñeco diabólico en presencia de la abuela de un amigo. También mis inciertas nociones de autoría cuando aún no lograba distinguir a Hitchcock de Stephen King. También estuvieron ahí algún episodio furtivo de Expediente X o cualquier serie antológica tipo Pesadillas o Más allá del límite, batiburrillo al que habría de sumar las leyendas urbanas amparadas por reuniones infantiles en veladas estivales. Sea como sea, el terror ya estaba en mí. ¿Cuál era el siguiente paso para empezar a escribir cosas que provocaran miedo?


Los primeros pasos
Resultó orgánico. De aquellas lluvias, estos lodos. Mis primeros relatos consistían en su mayoría en copias de fórmulas/ideas que había leído u oído en otras partes, aunque traté de darles su atmósfera oscura, su ambiente de misterio. Escribir el mito de la chica de la curva como si yo fuera la chica de la curva, narrar el desenlace del clásico cuento de mad doctor (el doctor Velasco, si mal no recuerdo) que trata de resucitar a su hija (creo que dicho relato lo he perdido; tal vez sobreviva en alguna carpeta olvidada en mi habitación del pueblo)... Entre medias, alguna distopía pesimista, historias sin enjundia con mucho gore (en la clasificación que hace Stephen King en su ensayo Danza macabra sobre los niveles del terror, el último recurso que queda al escritor es el asco)... Sin embargo, con el tiempo comprendí que me interesaba más el terror inspirado por fuerzas sobrenaturales, en especial aquel causado por entes venidos de ultratumba. Pronto mis cuadernos y ordenadores comenzaron a llenarse de ánimas y espíritus en la tradición del mismo Bécquer y los cuentos narrados en torno a la hoguera.

El Cuentacuentos
Una escuela de escritores, eso fue. Se trataba de un proyecto nacido de gente como tú, como yo, a la que le gustaba escribir. También leer, por supuesto, pero ante todo escribir, de modo amateur, en casa, para los amigos, para los lectores del blog. Cada martes, el Señor de las Historias nos daba una frase inicial de la cual partirían todos nuestros cuentos y relatos. El lunes siguiente, publicaríamos. Teníamos, pues, una semana para escribir un relato con total libertad más allá de la primera frase. Aquí asumí mi primer compromiso firme como escritor, y durante meses, tal vez años, me obligué a escribir, si no todas las semanas, sí al menos dos o tres veces al mes. Un aliciente era dar la vuelta a la frase de partida para retorcerla de la forma más inesperada posible: recuerdo que mi método de trabajo consistía en pensar algo terrorífico para escribir una historia, desechar esa primera idea y trabajar de modo que me alejara de lo fácil. Aparte de una enorme escuela de estilo y pulso, El Cuentacuentos me dio lecciones de todo tipo y mi primer libro, ya que con "Si llueve..." engarcé las frases de numerosas semanas consecutivas hasta completar la historia de Rocksville y su extraña costumbre. Una cosa buena era la facilidad con la que me resultaba componer un relato completo en tan poco tiempo, revisarlo y editarlo en cuanto fuera necesario. Sin embargo, también me dio una noción de inmediatez. Tiendo a borrar, corregir y reescribir poco: de un tiempo a esta parte lo hago más a menudo, aunque hablaré de ello cuando toque el estilo y el fondo.


La traición de Wendy
Además del terror, otro de mis intereses ha sido de siempre el paso del tiempo, y en concreto cómo éste se materializa cuando los niños se hacen hombres. Aquí podría incluso hablar de una constante en mi obra. Sea como sea, mi primera novela se sumergió de lleno en el terror, consciente de los terrenos que exploraba y con una intención de causar horror puro: para ello, los recursos de la deformación de lo conocido (ni más ni menos que el mito de Peter Pan), la violencia física, el desamparo... Lejos de la sutilidad que me gusta apreciar en los autores de terror que leo, me lancé de lleno en la piscina del  mal, es miedo y el asco. El ritmo imparable de la narración daba pie a una espiral horrenda de la cual era imposible escapar hasta el final. Además, la publicación de esta novela supuso mi ingreso en Nocte, la Asociación Española de Escritores de Terror, que me abrió las puertas al mundo editorial profesional, a conocer a otros autores y leer la excelente literatura de género que se escribe en España. De la mano de ellos, además, comencé a formar parte de proyectos donde el terror era la clave, y esto me permitió jugar con el fondo, con la forma, con los conceptos, todo con el claro objetivo de aterrar.

Los relatos
Desde los 16, 17 años he escrito muchos relatos, muy distintos, aunque el terror es el género que mejor se adaptaba a este formato. El terror es más fácil de causar en pequeñas píldoras, de ahí que una novela de terror resulte un proyecto tan complejo. De un modo u otro, el terror siempre permite deformar los límites de la realidad y llevarlos al espanto, mientras que el relato da pie a experimentos formales de todo tipo. Generalmente, los relatos siempre llegan con una idea, una pequeña luz que refulge en medio de la oscuridad  y reclama atención. El trabajo consiste en coger esa lucecita y alumbrar lo que la rodea. Como ya he indicado, cuando empecé a escribir resultaba fácil: me dejaba llevar por el instinto y comenzaba a escribir sin darle más vueltas a la forma. Narrar, narrar, narrar, a menudo buscando una nota de provocación.

Nocte
Al poco de publicar La traición de Wendy solicité mi acceso en Nocte, la Asociación Española de Escritores de Terror. Esto venía, por un lado, por un absceso de ego a raíz de publicar un libro premiado con sólo 22 años; por otro, con la idea en mente de pertenencia que ya experimentaba en El Cuentacuentos, pero a nivel profesional.
Me gustaría aquí hacer hincapié en la importancia de leer, algo que siempre he hecho, pero algo a lo que me llevó Nocte fue a conocer a muchísimos (y excelentes) autores en nuestra lengua, con algunos de los cuales comparto además amistad. Acostumbrados a las traducciones, los escritores corremos el riesgo de dejarnos arrastrar por un español anquilosado, artificial, lleno de calcos y endeble en el estilo (y esto son palabras mayores viniendo de un traductor -o eso dice mi título universitario), de modo que resulta fácil empobrecer el lenguaje, dejar de prestar atención a la palabra adecuada, a la imagen, al sonido, a la forma del mismo texto. El cuidado que ponen los autores de terror en nuestra lengua es inaudito. Escritores como Javier Quevedo Puchal o Ignacio Cid Hermoso ponen una especial atención al estilo, al lenguaje, de modo que haga justicia a lo que quieren narrar. Autores de estilo a los que admiro especialmente son Ricardo Menéndez Salmón o Cormac McCarthy, por citar dos ejemplos que nada tienen que ver. En la relectura de algunos clásicos he podido comprobar también los deliciosos juegos de estilo que utilizaba Stephen King al comienzo de su carrera, que se fueron consolidando y definiendo, no sin pocos experimentos formales en el camino.

Estilo
La principal diferencia entre el amateur, entre el adolescente que empieza a escribir un día en su cuaderno porque se le ocurre una idea de la hostia, y el escritor profesional es que este último cuenta con un proyecto. Tiene una idea más o menos brillante, pero una idea que suma (en mi caso, procuro qu cada nuevo relato o novela aporte algo a mi producción, ya sea un concepto, un experimento formal, una temática...cualquier novedad con respecto a lo que ya he hecho). Incluso resulta interesante, con el paso del tiempo, retomar temáticas o conceptos, y ver cómo se abordan de forma distinta. Hace más de 10 años escribí mi (creo) único relato de vampiros. Ahora me encuentro trabajando en una novela sobre dicha temática, y evidentemente serán obras muy distintas donde quedará patente este principio. De entrada, ahora me estoy leyendo toda la bibliografía principal sobre el tema, desde los clásicos a interpretaciones modernas del mito del vampiro como Salem's Lot o Diástole. Y es que no basta con superarse a uno mismo: es preciso conocer lo que se ha escrito o se está escribiendo. ¿Cuántas veces hemos tenido una idea genial y más tarde hemos descubierto que otra persona la tuvo antes que nosotros? Además, esto nos ayuda a aprender técnicas de escritura y a mejorar nuestro estilo. Tras ver Memento me propuse escribir un relato narrado del final al principio; cada vez que leo a Ricardo Menéndez Salmón comienzo a escribir oraciones de sintaxis compleja y vocabulario mucho más rico.
Pero el estilo: la forma y el fondo. De un tiempo a esta parte analizo mucho la relación entre ambos. El ejemplo más claro de comunión entre forma y fondo que me viene a la cabeza es La carretera de Cormac McCarthy, o diametralmente opuesto La lluvia amarilla de Julio Llamazares. Desde mi experiencia, cuento con un par de relatos donde la forma cobra el protagonismo del fondo, en el ámbito del terror una historia de kaijus, los seres gigantes de tradición nipona. A medida que el relato avanza y el monstruo crece, las oraciones y frases se hacen kilométricas. Aquí queda claro que el experimento formal tiene sentido, pero no cualquier invento le va a ir bien a cualquier historia: es importante que tenga sentido, ya sea por comunión, bien por contraposición.
Considero del mismo modo esencial en la literatura de terror la descripción para generar atmósferas y situaciones escalofriantes. Mi único consejo es tener en cuenta los cinco sentidos a la hora de ponernos en la piel del protagonista o de atraer al lector al escenario de la acción, y saber seleccionar la palabra idónea para la sensación precisa. No es lo mismo decir "el cielo desprendía un color rojo al final de la tarde" que "el día moría conforme el cielo se desangraba". Si es posible, una imagen o símil potente puede salvarnos una escena.


29 de septiembre de 2015

Mirar atrás: lo inesperado

Tendría ocho, nueve años.
Es lo que tienen los pueblos: se es libre mientras se es niño.
Paseaba junto a mi mejor amigo por el pueblo, hecho insólito en mí (pasear por la calle) cuando llegamos a la Plaza del Mercado, y en concreto, al mercado de abastos. En la puerta, una jaula llena de conejos que refunfuñaban con sus pequeñas narices rosadas. Nos recuerdo contemplándolos de pie, ni siquiera en cuclillas para observarlos mejor, hasta que llegó un hombre al que bien conocíamos como el carnicero. Curiosamente, no recuerdo su cara; tampoco su identidad. No sé qué carnicero del pueblo pudo haber sido, sólo que se dirigió a nosotros y nos preguntó:
-¿Cuál saco?
o
-¿Cuál os gusta más?
o algo así, y supongo que ambos señalamos a uno, que nos pusimos enseguida de acuerdo sin mediar palabra, porque todo era fácil entonces. El carnicero cogió al conejo de un pellizco detrás de la cabeza y se lo llevó, apresado, al centro de la plaza.
Nosotros lo seguimos con prisa, en silencio, el corazón en vilo (en parte víctimas, en parte verdugos), con aquel presentimiento funesto.
El hombre abrió la puerta trasera de su furgoneta con destreza, sin soltar al conejo en ningún momento. Pendía de la parte superior un gancho metálico en forma de S. De un giro grácil, el hierro atravesó la pata del conejo, que quedó boca abajo, pateando frenéticamente con la pata libre. Supongo que ya estábamos blancos, aunque quedaba lo peor.
El carnicero cogió el cuchillo, musitó algo (tal vez nos explicó algo: una lección de vida que no recuerdo) mientras nosotros contemplábamos con horror y culpa al conejo con la pata atravesada. Al menos fue rápido el movimiento. La hoja del cuchillo atravesó el aire a centímetros del animal, seccionó el cuello y comenzó el sangrado.
Al principio, el animal pateaba; pronto sus movimientos se espaciaron en el tiempo. La sangre dejó de manar hasta gotear, hasta coagularse en un hilo.
No recuerdo bien (para ser una lembranza me falla demasiado la memoria) si es el miedo o sucedió así, sólo que el carnicero se volvió a nuestros rostros limpios y, de otro hábil moviemto, tiró de la piel hasta dejar al animal en carne viva. Hasta convertirlo en carne, quiero decir.
Se llevó la pieza consigo y nosotros, aún estremecidos, alucinados, seguimos con la tarde como si no acabáramos de descubrir algo. Supongo que, infundidos por la pena o por la culpa, volvimos hasta la jaula y dijimos adiós a las pequeñas criaturas orejudas, cediéndoles el beneficio de la duda, rezando, en el fondo, por ellas.

16 de agosto de 2015

Ve y pon un centinela (Go Set a Watchman): una reseña

Remember this also: it's always easy to look back and see what we were, yesterday, ten years ago. It is hard to see what we are. If you can master that trick, you'll get along.

Go Set a Watchman, Harper Lee
Partamos de una realidad: Matar un ruiseñor, hasta ahora la única obra publicada por Harper Lee, se trata probablemente de mi novela preferida, desde luego una de las pocas obras de arte que me han hecho llorar.

UN PROLEGÓMENO
       Una joven Harper Lee culmina en Nueva York su primera novela, Go Set a Watchman, y la presenta a un editor. Se trata de la historia de Jean Louise 'Scout' Finch, una joven de Maycomb, Alabama, que regresa a su pueblo de Nueva York, donde lleva viviendo varios años. La vuelta a casa supone para Scout la oportunidad idónea para visitar a su padre y hacer un recorrido por sus recuerdos de infancia. Esta lembranza es la que llama la atención del editor, que aconseja a Harper Lee centrarse en la narración de una Scout niña, por lo que le pide a la autora que desarrolle estos flashbacks hasta darles la entidad propia para convertirlos en una novela. Así nace Atticus, primera versión de lo que llegaría a publicarse como Matar un ruiseñor
        El éxito incontestable de Matar un ruiseñor responde, por un lado, al inestimable valor literario de la novela, pero también a la época en que se escribió y lo que representó en una época en que los derechos civiles eran la agenda social (símbolos como Rosa Parks, Luther King o Nina Simone) diaria. La novela sirvió así un objetivo no sólo literario, sino social, abriendo camino a la normalización y al repudio de la segregación. Lo que pudo haber sido el éxito editorial de un año se convirtió en un clásico instantáneo que ha perdurado a lo largo de las décadas hasta ocupar uno de los lugares más privilegiados en el colectivo estadounidense y en la literatura universal.
        El medio siglo de silencio de su autora y su naturaleza misántropa la convirtieron en un objeto de extremo interés literario. Por eso no es de extrañar que, cuando hace unos meses se anunció la publicación del nuevo libro de Harper Lee, no tardara en nacer la polémica.


LA OTRA: UNA NOVELA PERDIDA
        Cuando Scout regresa a Maycomb a los 26 años, ha cambiado. Lo sabe ella, lo sabemos nosotros como lectores, pero aún tiene que descubrir hasta qué punto.
        La novela, narrada en tercera persona (en lugar del testimonio de primera mano de la niña de Matar un ruiseñor), supone un ejercicio de memoria y autodescubrimiento. Ve y pon una atalaya es, a todas luces, una epifanía, un camino de crecimiento, un viaje a la inversa de la Bildungsroman. Jean Louise rememora una visión del mundo limpia que no se corresponde con lo que encuentra en su Maycomb natal. Entre ambas median pérdidas, cambios a nivel personal y expectativas imposibles de cumplir.
        Ve y pon un centinela es una buena novela: arranca con la llegada de Jean Louise Finch a Maycomb, desarrolla detenidamente el contraste entre su vida neoyorquina y lo que la espera en la casa paterna, y no tarda en hacer estallar el conflicto. El conflicto es peliagudo: Jean Louise descubre que su padre apoya grupos racistas como el KKK y defiende el segregacionismo. A la hija pródiga le toca decidir entre la lealtad debida a su padre y los valores en los que cree, entre seguir siendo Jean Louise o dejarse absorber por la árida atmósfera de Maycomb y sus vecinos. Como podrá comprobar, no sólo está en juego la relación con su padre, ya que los cambios son más de los que podía imaginar antes de llegar en tren.
        Y es que si en la anterior el héroe era Atticus, aquí se alza Scout como protagonista indiscutible, y en la narración se incorporan de manera orgánica sus pensamientos y emociones, rompiendo una vez más la narración junto a los numerosos recuerdos o flashbacks que pueblan la obra. En el primer capítulo ya existe un giro, una especie de alerta que nos indica por dónde irán los tiros. La mirada limpia e inocente de la Scout de 9 años que narraba Matar un ruiseñor se ensucia y fragmenta poco a poco a medida que descubre que su mundo infantil, idílico e idealizado no es así, de modo que Jean Louise se plantea si todos sus recuerdos, si la apacible y nostálgica Maycomb, si el padre ideal y perfecto no serán todos producto de su imaginación. Si se estará volviendo loca, incapaz de navegar a donde la lleva la corriente, incapaz de aceptar al hombre que quiere su mano y la vida tranquila de barrio residencial estadounidense por la que lucharon antes todos los hombres hasta llegar a ella. Se pregunta si no estará arrojando piedras contra su propio tejado a cambio de unos valores que podrían ser erróneos. ¿Por qué siempre supo distinguir el bien y el mal, pero este viaje de regreso a Maycomb pretende hacerle cambiar de opinión? ¿Por qué ella, una mujer soltera, independiente y arrojada no logra conectar? ¿Por qué decepciona a todo el mundo? O peor aún, ¿por qué el mundo la decepciona? Sin embargo, y es el principal motivo por el cual merece la pena esta continuación, Scout sigue representando a un modelo de mujer independiente, segura de sí misma, firme en sus valores e inconformista con un sistema heteropatriarcal en el que no halla su lugar. Así, la pequeña Scout que se liaba a puñetazos con los niños de su clase en Matar un ruiseñor es ahora la joven Jean Louise que se niega a casarse y a una vida acomodada que la anule como mujer. Ve y pon un centinela es una novela feminista, y lo logra de una manera sensata y honesta, respetando a su protagonista.
        Por otro lado, la novela funciona como secuela o epílogo para conocer el destino de los protagonistas de la anterior, y esto es lo que ha provocado la ira de lectores, libreros y expertos. Como digo, la vida idílica de los veranos en Maycomb se transforma en un territorio hostil donde el conflicto racial ha llegado al punto álgido y familias tradicionalmente amigas se encuentran enfrentadas, donde el racismo se ha antepuesto al individualismo y la segregación es la respuesta defendida por muchos. Atticus entre ellos. Sí, Atticus Finch defiende la segregación y argumenta a su hija por qué los negros son inferiores a los blancos y, por ende, no están preparados para vivir en sociedad. Esto es lo que más polémica ha generado entre los lectores de la novela: la desvirtuación del mito, pero el propio Atticus, ya anciano y artrítico, de Ve y pon un centinela lo explica mejor que nosotros y se dirige a Jean Louise, pero también al lector de Matar un ruiseñor: "I've killed you, Scout. I've had to".
        En definitiva, y por mucha obra maestra que sea, Matar un ruiseñor es sólo una novela. Como tal, debe juzgarse desde el punto de vista y contexto en el que se publicó: no se trataba de la primera opción del editor al que acudió Harper Lee, tal vez porque era consciente de que Ve y pin un centinela es mucho más honesta, y dolorosa, y amarga. Más real. Y es que en 1950, cuando la joven escribió su novela, era más fácil y más fehaciente que los blancos fueran racistas y miraran a los negros con quienes habían convivido con condescendencia o puro desprecio. Matar un ruiseñor era una novela utópica que creo un símbolo cuando éste era necesario: Atticus Finch era preciso entonces, cuando la guerra por los derechos civiles de los negros seguía candente. Haber publicado entonces Ve y pon un centinela habría supuesto arrojar más leña a un fuego que se atibaba inextinguible. Que sea ahora, en 2015, cuando se publica, más allá de las sospechas relacionadas con el legado de la autora o sus capacidades mentales, es señal de que ha llegado el momento de alejarnos del bosque y analizar la situación como lo que fue, no como desearíamos que hubiera sido. Matar un ruiseñor es, por tanto, la buena novela que todo el mundo deseaba leer, mientras que Ve y pon un centinela se trata de la buena novela que nadie quería leer, porque provoca incomodidad y obliga al lector a fijar su mirada en algo tan desagradable como es la injusticia social.
         Esgrimir el racismo como argumento para denostar la obra de Lee es insuficiente: la propia Jean Louise sirve de juez ante una realidad que sabe injusta, y no por nada es el motor de la novela su oposición frente a la sociedad retrógrada de Maycomb. ¿Qué sucede, pues? Que en Matar un ruiseñor era Atticus quien tomaba las riendas de la lucha contra el racismo; Scout nos servía de ojos a través de los cuales filtrar la gesta de su padre. Aquí es Jean Louise quien se opone a un pueblo entero, al KKK, a una sociedad en transición, pero no tiene la autoridad de un Atticus Finch para cambiar las cosas o equilibrar la balanza, y aquí es donde nace el valor de Ve y pon un centinela: el fracaso de Jean Louise no supone una afirmación de nada ni una respuesta definitiva sobre la cuestión del racismo, pero sígue siendo la misma declaración de intenciones prevaleciente en la novela anterior: ella, al igual que otrora Atticus, se opone al racismo. De hecho, haré de nuevo hincapié en el feminismo que desborda la novela. Ve y pon un centinela da a entender que el lugar de la mujer, lejos de la supuesta figura de desperate housewife en la que habría de convertirse, consiste en motor del cambio para que la sociedad avance, y todo el genio que destila la autora en el capítulo 13 (el equivalente a la defensa que hace Atticus en el juicio de Matar un ruiseñor) debería bastarnos para dar como buena la novela que acaba de publicarse y valorarla por sí misma al margen de su novela hermana.
        El término "Punto Jonbar" hace referencia al momento exacto en que se separa una línea cronológica, dando lugar a dos realidades alternativas. En algún punto de la Historia, Atticus Finch vio que todos los hombres debían ser iguales ante la ley sin importar su color de piel; en ese mismo punto, Atticus simplemente podría haberse dejado llevar por lo que le hacía creer la sociedad (los negros son demasiado salvajes para vivir en sociedad, recuerda que esto es por el bien común). Así, cada historia sería distinta. El problema es leer primero una, luego otra, y tratar de sacar las mismas conclusiones.
        Ve y pon una atalaya pone sobre la mesa temas como la memoria, la identidad, el racismo y el feminismo, Harper Lee vuelve a desplegar una narración extraordinaria, clásica y rica en diversas lecturas, y no sólo eso, la extraña naturaleza del libro que nos ocupa sirve para comprender mejor una obra maestra indiscutible que ahora cobra nuevas dimensiones y nos hace replantearnos, como en esta reseña, si fuimos justos en su día con Matar un ruiseñor, y si el Tiempo lo será con Ve y pon un centinela. Algo sacamos en claro de aquí: más o menos, con este libro ganamos todos.

7 de julio de 2015

Mirar atrás: el día de los mosquitos


De un tiempo a esta parte no dejo de pensar en la memoria, en concreto en la infancia. En cómo -como bien explican en esa maravilla que es Inside Out- ciertos recuerdos son quintaesenciales en la formación de nuestra personalidad. También me pregunto de dónde vienen ciertos estímulos, ciertos conceptos que manejo de un modo determinado a la hora de escribir.
En definitiva, en cómo el periscopio a través del cual contemplo el mundo viene determinado por los océanos que surqué en la infancia. De ahí que me haya propuesto recordar, esbozar estos fragmentos de mi vida, estas nadas que tal vez a nadie más importen, pero que a mí me provocan la melosa satisfacción de la melancolía.

Siempre era en verano.
Calculo que en junio, porque en julio yo ya estaba en Salobreña a tiempo completo. Siempre era de tarde, con el calor, y siempre extraño. Se llenaban las flamas de aire caliente con cientos, miles, millones de mosquitos que lo barrían todo y dibujaban un filtro de niebla como la que llenaba las cadenas mal sintonizadas o aquel Plus donde jugábamos a adivinar el porno y las películas con el volumen máximo.

Recuerdo, además, que tal y como venían, se iban, y que esto sólo sucedía una vez al año, siempre en verano. Yo, que no solía salir a la calle, me encontré con este fenómeno un par de veces o tres, más alguna que aprendí a sortearlo a tiempo, pero a pesar de ello me siguió maravillando la voluntad de los niños para seguir jugando en los patios, o recorrerse el pueblo en bici (subir por el paseo con la marcha más dura), escapar, galopando la tarde, aunque fuera un momento a por un poloflash en el kiosco del parque, a pesar de las huestes de chupópteros.

Entonces, de un año para otro, desaparecieron. No se volvió a repetir, y siempre he creído que se trataba de un fenómeno que sólo sucede cuando uno aún no ha perdido la capacidad de crecer, e incluso me planteo que sólo se trate de una de esas exageraciones de la memoria o la edad. La era de los mosquitos, de un modo u otro, siempre vivirá en mis veranos.

23 de junio de 2015

Donde mueren los monstruos


Este libro empieza por el final.
Después de la incertidumbre de no saber qué, de tanto cambio y tanto miedo y tanto dolor ardiente, me refugié en la literatura. Monté una criatura de Frankenstein con relatos de origen muy diverso con la intención de volver a aproximarme al mundo editorial. Lo envié a varias personas del mundillo con la esperanza de que aquellos relatos, escritos en su mayoría durante mi estancia en la Residencia de Estudiantes, convencieran a la persona adecuada de que valían la pena.
En otras palabras, Donde mueren los monstruos nació de los despojos.

Pero despojos con dientes, con garras, con alas y azufre. Cogí un poco de todas partes, un brazo por un lado, esta cabeza, un pie maloliente, el busto de una joven virgen, la pelvis de un camionero accidentado en la M30... Creé mi propia criatura de Frankenstein, pero, como en la novela de Mary Shelley, el ser debía de cobrar vida.

Los buenos escritores, cuando se enfrentan a un buen libro de cuentos o relatos, lo hacen con un concepto. Yo, no sé si porque no soy un buen escritor o porque soy un poco desastre o porque estaba bastante orgulloso de varios relatos, todos escritos por un motivo y con una idea en mente, decidí crear esta criatura y dar vida a Donde mueren los monstruos.

Donde mueren los monstruos, para empezar, tiene mucha literatura. Comienza con pura creación, con el monólogo de una cineasta que desnuda su carrera creativa y su recorrido artístico hasta la fecha soltando perlas sobre el proceso de creación y cómo las circunstancias definen la obra de cualquier creador. Sigue con el relato autobiográfico de un escritor convertido en negro literario, cuento que escribí a la par que este artículo sobre el tema y donde hago un recorrido por mis primeras creaciones.

A medida que avanza el libro, éste va perdiendo el carácter autobiográfico y los elementos románticos y fantásticos van cobrando peso. Sin embargo, como digo, la creación -en especial la literatura- sigue teniendo un peso cada vez mayor: una falsa memoria de Mauricio Wiesenthal plagada por los fantasmas de Lorca, Morente, Harper Lee o Salinger, una broma de la talla de la Metamorfosis de Kafka, una especie de mundo donde la poesía se ha transformado en religión de los hombres, incluso un homenaje a la novela negra con todos sus lugares comunes.

Y el amor, digo, el amor como motor que hace girar al mundo.

Y los monstruos, claro. Existe además una transición medida en la disposición de los relatos para que, a medida que avanzan las páginas, los monstruos cobren forma cada vez más literal. Así, de los monstruos figurados, casi imaginarios, poco a poco las narraciones incorporan monstruos o hipótesis más fantásticas que se mueven entre el "Y si..." y la alta fantasía.

Cuando conjuré las suficientes historias para conformar un libro, decidí probar suerte. Enviarlo a alguna editorial, desde una forma no definitiva con diez relatos... el tiempo, no obstante, me supo indicar qué sobraba y qué debía perdurar. Los monstruos resonaban como una percusión ancestral, yo me estaba derramando en una hermosa novela infantil, La extinción de los dinosaurios, para salvarme, para crear algo nuevo. Una inflexión necesaria.

Entonces, cuando Donde mueren los monstruos cobró su forma definitiva, decidí lanzarla a la arena de los premios literarios. Busqué uno que se adaptara a la cuestión literaria que rezumaba el libro así como a mis necesidades editoriales y económicas. Vamos, que me busqué un premio asequible, pero con solera. El premio de literatura para autores jóvenes que convocan la Concejalía de Juventud del Ayuntamiento de Granada y la Academia de Buenas Letras de Granada, a la par jurado del premio.

Otro elemento característico que sirve de unión, más allá de la temática (el monstruo como concepto, la fantasía como hilo in crescendo) es, sin duda alguna, un entendimiento del lenguaje como un ente vivo y orgánico, complejo, que se presta al servicio de la historia, esto es, una forma que se adapta al fondo de lo que quiero narrar, de ahí la influencia de lecturas tan gratificantes en su momento como las novelas de Ricardo Menéndez Salmón o Mario Cuenca Sandoval, por citar dos. Hago hincapié en este aspecto, porque la sintaxis sirve como elemento aglutinante para que ocho relatos sueltos se transformen en un libro coherente (al menos medianamente).

Una vez fallado el premio y anunciada la publicación, comencé a trabajar con una pequeña editorial de Granada, Alhulia, en la edición. Tras mis previas experiencias editoriales (sobre todo con la nefasta Diputación de Jaén), me sorprendió la eficiencia   y ganas de trabajar para sacar adelante un buen producto de la editorial. En febrero me anunciaron que había ganado el premio, y el 22 de abril fue la presentación oficial en el Ayuntamiento de Granada. El 23, en mi pueblo. Y un mes más tarde, el 24 de mayo, en Madrid. Ha sido la vida de este libro precoz y productiva, aunque me gustaría que, además de ello, fuera larga.

De hecho, la distribución está siendo mucho mejor de lo que podía imaginar para una editorial tan modesta. El libro está en Madrid gracias a Libros Melior, y Agapea la ha llevado a Málaga, Granada, Barcelona, ambos archipiélagos, etc. Además, es fácil encontrarlo en la Casa del Libro y otras cadenas, y basta con pedirlo en tu librería preferida para que la editorial lo distribuya sin problemas. En definitiva, lo estoy llenando todo de monstruos.

Supongo que sólo me queda terminar este texto de presentación del libro, el único que he escrito hasta la fecha, explicando que Donde mueren los monstruos será un libro pequeño, cierto, pero creo mucho en él. Considero que está lleno de literatura y, ante todo, me ha devuelto la fe en este oficio tras la experiencia gris de Nosotros, que poseemos la tierra. En el camino me he reafirmado en la convicción de que ésta es la forma de hacerlo, éste es el lugar que quiero ocupar en las letras y que, punto de inflexión o no, lo que viene de ahora en adelante os deparará muchas sorpresas. Mientras, creo que seguiré feliz mientras oteo el horizonte poblado de criaturas gigantes, de tentáculos y gritos, de escritores malditos y malditos escritores. ¡Y ojalá los monstruos os lo hagan pasar en grande como a mí!

4 de marzo de 2015

Dos maricones entre un hatajo de zombies


Hace algo menos de un año comencé a leer, no recuerdo bien a cuento de qué, todos los números de The Walking Dead publicados hasta la fecha, No sé, algo así como 120 o 130 del tirón, en 3  días de lectura frenética. Me fascinó de la serie los dilemas morales a los que sometía a sus protagonistas y, de paso, al lector.
En cuanto a la serie de televisión, reconozco que empecé a verla en su primera temporada al enterarme de que era Frank Darabont quien había desarrollado la adaptación. Sin embargo, pronto esa temporada comenzó a diluirse y la abandoné al final de su primer ciclo.
Más tarde, como digo, llegarían los cómics, con todas sus muertes (otro de los aspectos más interesantes de la  obra de Kirkman es el empleo de la muerte como motor narrativo, aunque a veces el uso deviene en abuso; el empleo de la muerte como motor narrativo y de conflicto sigue estando en poder de Joss Whedon), con los distintos emplazamientos, giros locos en torno a los caminantes y su origen, el Gobernador, Negan, más, más, más... El universo de The Walking Dead se atisba inagotable.
Por eso resulta interesante que su adaptación televisiva no haya aceptado el cómodo tránsito de medio y haya servido para expandir su universo, introducir nuevos personajes y diferencias en las tramas preexistentes; en otras palabras, la serie de televisión sirve como experimento narrativo y permite una reformulación de conflictos ya explorados en el formato original.
No obstante, la serie de televisión ha seguido fiel a temas y tramas efectivas en la novela gráfica: la transformación del héroe en antihéroe, la lucha por la supervivencia a toda costa, ya sean el precio pasar por el canibalismo, terrorismo, violaciones, asesinatos indiscriminados, venganzas personales... El motto de la serie parece ser aquel principio de Hobbes.
Con todo, la penúltima emisión de The Walking Dead en AMC se vio envuelta en una polémica (¡?) caduca. Nos presentaron a un nuevo personaje, Aaron, de esos que, de agradables, simpáticos, buenos, provocan recelo en los protagonistas. Si algo nos ha enseñado The Walking Dead es a no bajar la guardia. Y como nuestras peores sospechas parecían confirmar, el recién aparecido se acerca a otro desconocido y lo besa en los labios. Repugnante. Estos maricones.
Desde que se emitió el episodio, esta reflexión ya ha dado la vuelta al mundo en muchas y mejores apreciaciones que la mía. Sin embargo, no quisiera centrar mi atención en el hecho de que una serie donde hemos visto todo tipo de vejaciones y violencia de lo más explícita, a estos energúmenos les ofenda un beso entre dos hombres en una ficción donde han matado a niños a bocajarro, han dejado a personas tullidas, han violado, han devorado, han torturado a otros seres humanos. Pero aquí el problema no es la intolerancia de estos. Tontos los ha habido siempre.
Lo preocupante es, no ya que sea noticia, sino que sea noticia por lo excepcional de la presencia de Aaron y su chico en una ficción de estas características. Dirán los detractores de estos personajes que quien quiera ver maricas, que sintonice Queer as Folk, Banana/Tofu/Cucumber, Looking o Please Like Me, por citar tres ficciones claramente homosexuales. Tampoco es el caso de ficciones de marcado carácter gay-friendly como Glee o Torchwood; ni siquiera hablo de series con un componente inclusivo en cuanto a la comunidad LGTB, véase Buffy, Cazavampiros o Urgencias, donde ciertas tramas involucraban de forma directa a personas que vivían una sexualidad LGTB. El caso de The Walking Dead es mucho más interesante, e importante, y necesario, porque es meramente representativa. Robert Kirkman, como muchos creadores, tiene superadísimo el conflicto de la sexualidad y entiende que a estas alturas carece de interés como motor narrativo de la historia. De ahí que sus personajes homosexuales simplemente sean, o estén, o existan, en medio de la hecatombe zombie, pero no es su homosexualidad la que provoca los males que acechan a los hombres y mujeres protagonistas, su misión es más sutil, estar ahí, sobrevivir, pasar por el Apocalipsis sin mucho ruido, salvar el pellejo. Contarla más allá de las tripas y la piel.