16 de agosto de 2015

Ve y pon un centinela (Go Set a Watchman): una reseña

Remember this also: it's always easy to look back and see what we were, yesterday, ten years ago. It is hard to see what we are. If you can master that trick, you'll get along.

Go Set a Watchman, Harper Lee
Partamos de una realidad: Matar un ruiseñor, hasta ahora la única obra publicada por Harper Lee, se trata probablemente de mi novela preferida, desde luego una de las pocas obras de arte que me han hecho llorar.

UN PROLEGÓMENO
       Una joven Harper Lee culmina en Nueva York su primera novela, Go Set a Watchman, y la presenta a un editor. Se trata de la historia de Jean Louise 'Scout' Finch, una joven de Maycomb, Alabama, que regresa a su pueblo de Nueva York, donde lleva viviendo varios años. La vuelta a casa supone para Scout la oportunidad idónea para visitar a su padre y hacer un recorrido por sus recuerdos de infancia. Esta lembranza es la que llama la atención del editor, que aconseja a Harper Lee centrarse en la narración de una Scout niña, por lo que le pide a la autora que desarrolle estos flashbacks hasta darles la entidad propia para convertirlos en una novela. Así nace Atticus, primera versión de lo que llegaría a publicarse como Matar un ruiseñor
        El éxito incontestable de Matar un ruiseñor responde, por un lado, al inestimable valor literario de la novela, pero también a la época en que se escribió y lo que representó en una época en que los derechos civiles eran la agenda social (símbolos como Rosa Parks, Luther King o Nina Simone) diaria. La novela sirvió así un objetivo no sólo literario, sino social, abriendo camino a la normalización y al repudio de la segregación. Lo que pudo haber sido el éxito editorial de un año se convirtió en un clásico instantáneo que ha perdurado a lo largo de las décadas hasta ocupar uno de los lugares más privilegiados en el colectivo estadounidense y en la literatura universal.
        El medio siglo de silencio de su autora y su naturaleza misántropa la convirtieron en un objeto de extremo interés literario. Por eso no es de extrañar que, cuando hace unos meses se anunció la publicación del nuevo libro de Harper Lee, no tardara en nacer la polémica.


LA OTRA: UNA NOVELA PERDIDA
        Cuando Scout regresa a Maycomb a los 26 años, ha cambiado. Lo sabe ella, lo sabemos nosotros como lectores, pero aún tiene que descubrir hasta qué punto.
        La novela, narrada en tercera persona (en lugar del testimonio de primera mano de la niña de Matar un ruiseñor), supone un ejercicio de memoria y autodescubrimiento. Ve y pon una atalaya es, a todas luces, una epifanía, un camino de crecimiento, un viaje a la inversa de la Bildungsroman. Jean Louise rememora una visión del mundo limpia que no se corresponde con lo que encuentra en su Maycomb natal. Entre ambas median pérdidas, cambios a nivel personal y expectativas imposibles de cumplir.
        Ve y pon un centinela es una buena novela: arranca con la llegada de Jean Louise Finch a Maycomb, desarrolla detenidamente el contraste entre su vida neoyorquina y lo que la espera en la casa paterna, y no tarda en hacer estallar el conflicto. El conflicto es peliagudo: Jean Louise descubre que su padre apoya grupos racistas como el KKK y defiende el segregacionismo. A la hija pródiga le toca decidir entre la lealtad debida a su padre y los valores en los que cree, entre seguir siendo Jean Louise o dejarse absorber por la árida atmósfera de Maycomb y sus vecinos. Como podrá comprobar, no sólo está en juego la relación con su padre, ya que los cambios son más de los que podía imaginar antes de llegar en tren.
        Y es que si en la anterior el héroe era Atticus, aquí se alza Scout como protagonista indiscutible, y en la narración se incorporan de manera orgánica sus pensamientos y emociones, rompiendo una vez más la narración junto a los numerosos recuerdos o flashbacks que pueblan la obra. En el primer capítulo ya existe un giro, una especie de alerta que nos indica por dónde irán los tiros. La mirada limpia e inocente de la Scout de 9 años que narraba Matar un ruiseñor se ensucia y fragmenta poco a poco a medida que descubre que su mundo infantil, idílico e idealizado no es así, de modo que Jean Louise se plantea si todos sus recuerdos, si la apacible y nostálgica Maycomb, si el padre ideal y perfecto no serán todos producto de su imaginación. Si se estará volviendo loca, incapaz de navegar a donde la lleva la corriente, incapaz de aceptar al hombre que quiere su mano y la vida tranquila de barrio residencial estadounidense por la que lucharon antes todos los hombres hasta llegar a ella. Se pregunta si no estará arrojando piedras contra su propio tejado a cambio de unos valores que podrían ser erróneos. ¿Por qué siempre supo distinguir el bien y el mal, pero este viaje de regreso a Maycomb pretende hacerle cambiar de opinión? ¿Por qué ella, una mujer soltera, independiente y arrojada no logra conectar? ¿Por qué decepciona a todo el mundo? O peor aún, ¿por qué el mundo la decepciona? Sin embargo, y es el principal motivo por el cual merece la pena esta continuación, Scout sigue representando a un modelo de mujer independiente, segura de sí misma, firme en sus valores e inconformista con un sistema heteropatriarcal en el que no halla su lugar. Así, la pequeña Scout que se liaba a puñetazos con los niños de su clase en Matar un ruiseñor es ahora la joven Jean Louise que se niega a casarse y a una vida acomodada que la anule como mujer. Ve y pon un centinela es una novela feminista, y lo logra de una manera sensata y honesta, respetando a su protagonista.
        Por otro lado, la novela funciona como secuela o epílogo para conocer el destino de los protagonistas de la anterior, y esto es lo que ha provocado la ira de lectores, libreros y expertos. Como digo, la vida idílica de los veranos en Maycomb se transforma en un territorio hostil donde el conflicto racial ha llegado al punto álgido y familias tradicionalmente amigas se encuentran enfrentadas, donde el racismo se ha antepuesto al individualismo y la segregación es la respuesta defendida por muchos. Atticus entre ellos. Sí, Atticus Finch defiende la segregación y argumenta a su hija por qué los negros son inferiores a los blancos y, por ende, no están preparados para vivir en sociedad. Esto es lo que más polémica ha generado entre los lectores de la novela: la desvirtuación del mito, pero el propio Atticus, ya anciano y artrítico, de Ve y pon un centinela lo explica mejor que nosotros y se dirige a Jean Louise, pero también al lector de Matar un ruiseñor: "I've killed you, Scout. I've had to".
        En definitiva, y por mucha obra maestra que sea, Matar un ruiseñor es sólo una novela. Como tal, debe juzgarse desde el punto de vista y contexto en el que se publicó: no se trataba de la primera opción del editor al que acudió Harper Lee, tal vez porque era consciente de que Ve y pin un centinela es mucho más honesta, y dolorosa, y amarga. Más real. Y es que en 1950, cuando la joven escribió su novela, era más fácil y más fehaciente que los blancos fueran racistas y miraran a los negros con quienes habían convivido con condescendencia o puro desprecio. Matar un ruiseñor era una novela utópica que creo un símbolo cuando éste era necesario: Atticus Finch era preciso entonces, cuando la guerra por los derechos civiles de los negros seguía candente. Haber publicado entonces Ve y pon un centinela habría supuesto arrojar más leña a un fuego que se atibaba inextinguible. Que sea ahora, en 2015, cuando se publica, más allá de las sospechas relacionadas con el legado de la autora o sus capacidades mentales, es señal de que ha llegado el momento de alejarnos del bosque y analizar la situación como lo que fue, no como desearíamos que hubiera sido. Matar un ruiseñor es, por tanto, la buena novela que todo el mundo deseaba leer, mientras que Ve y pon un centinela se trata de la buena novela que nadie quería leer, porque provoca incomodidad y obliga al lector a fijar su mirada en algo tan desagradable como es la injusticia social.
         Reprochar el racismo como argumento para denostar la obra de Lee es insuficiente: la propia Jean Louise sirve de juez ante una realidad que sabe injusta, y no por nada es el motor de la novela su oposición frente a la sociedad retrógrada de Maycomb. ¿Qué sucede, pues? Que en Matar un ruiseñor era Atticus quien tomaba las riendas de la lucha contra el racismo; Scout nos servía de ojos a través de los cuales filtrar la gesta de su padre. Aquí es Jean Louise quien se opone a un pueblo entero, al KKK, a una sociedad en transición, pero no tiene la autoridad de un Atticus Finch para cambiar las cosas o equilibrar la balanza, y aquí es donde nace el valor de Ve y pon un centinela: el fracaso de Jean Louise no supone una afirmación de nada ni una respuesta definitiva sobre la cuestión del racismo, pero sígue siendo la misma declaración de intenciones prevaleciente en la novela anterior: ella, al igual que otrora Atticus, se opone al racismo. De hecho, haré de nuevo hincapié en el feminismo que desborda la novela. Ve y pon un centinela da a entender que el lugar de la mujer, lejos de la supuesta figura de desperate housewife en la que habría de convertirse, consiste en motor del cambio para que la sociedad avance, y todo el genio que destila la autora en el capítulo 13 (el equivalente a la defensa que hace Atticus en el juicio de Matar un ruiseñor) debería bastarnos para dar como buena la novela que acaba de publicarse y valorarla por sí misma al margen de su novela hermana.
        El término "Punto Jonbar" hace referencia al momento exacto en que se separa una línea cronológica, dando lugar a dos realidades alternativas. En algún punto de la Historia, Atticus Finch vio que todos los hombres debían ser iguales ante la ley sin importar su color de piel; en ese mismo punto, Atticus simplemente podría haberse dejado llevar por lo que le hacía creer la sociedad (los negros son demasiado salvajes para vivir en sociedad, recuerda que esto es por el bien común). Así, cada historia sería distinta. El problema es leer primero una, luego otra, y tratar de sacar las mismas conclusiones.
        Ve y pon una atalaya pone sobre la mesa temas como la memoria, la identidad, el racismo y el feminismo, Harper Lee vuelve a desplegar una narración extraordinaria, clásica y rica en diversas lecturas, y no sólo eso, la extraña naturaleza del libro que nos ocupa sirve para comprender mejor una obra maestra indiscutible que ahora cobra nuevas dimensiones y nos hace replantearnos, como en esta reseña, si fuimos justos en su día con Matar un ruiseñor, y si el Tiempo lo será con Ve y pon un centinela. Algo sacamos en claro de aquí: más o menos, con este libro ganamos todos.

7 de julio de 2015

Mirar atrás: el día de los mosquitos


De un tiempo a esta parte no dejo de pensar en la memoria, en concreto en la infancia. En cómo -como bien explican en esa maravilla que es Inside Out- ciertos recuerdos son quintaesenciales en la formación de nuestra personalidad. También me pregunto de dónde vienen ciertos estímulos, ciertos conceptos que manejo de un modo determinado a la hora de escribir.
En definitiva, en cómo el periscopio a través del cual contemplo el mundo viene determinado por los océanos que surqué en la infancia. De ahí que me haya propuesto recordar, esbozar estos fragmentos de mi vida, estas nadas que tal vez a nadie más importen, pero que a mí me provocan la melosa satisfacción de la melancolía.

Siempre era en verano.
Calculo que en junio, porque en julio yo ya estaba en Salobreña a tiempo completo. Siempre era de tarde, con el calor, y siempre extraño. Se llenaban las flamas de aire caliente con cientos, miles, millones de mosquitos que lo barrían todo y dibujaban un filtro de niebla como la que llenaba las cadenas mal sintonizadas o aquel Plus donde jugábamos a adivinar el porno y las películas con el volumen máximo.

Recuerdo, además, que tal y como venían, se iban, y que esto sólo sucedía una vez al año, siempre en verano. Yo, que no solía salir a la calle, me encontré con este fenómeno un par de veces o tres, más alguna que aprendí a sortearlo a tiempo, pero a pesar de ello me siguió maravillando la voluntad de los niños para seguir jugando en los patios, o recorrerse el pueblo en bici (subir por el paseo con la marcha más dura), escapar, galopando la tarde, aunque fuera un momento a por un poloflash en el kiosco del parque, a pesar de las huestes de chupópteros.

Entonces, de un año para otro, desaparecieron. No se volvió a repetir, y siempre he creído que se trataba de un fenómeno que sólo sucede cuando uno aún no ha perdido la capacidad de crecer, e incluso me planteo que sólo se trate de una de esas exageraciones de la memoria o la edad. La era de los mosquitos, de un modo u otro, siempre vivirá en mis veranos.

23 de junio de 2015

Donde mueren los monstruos


Este libro empieza por el final.
Después de la incertidumbre de no saber qué, de tanto cambio y tanto miedo y tanto dolor ardiente, me refugié en la literatura. Monté una criatura de Frankenstein con relatos de origen muy diverso con la intención de volver a aproximarme al mundo editorial. Lo envié a varias personas del mundillo con la esperanza de que aquellos relatos, escritos en su mayoría durante mi estancia en la Residencia de Estudiantes, convencieran a la persona adecuada de que valían la pena.
En otras palabras, Donde mueren los monstruos nació de los despojos.

Pero despojos con dientes, con garras, con alas y azufre. Cogí un poco de todas partes, un brazo por un lado, esta cabeza, un pie maloliente, el busto de una joven virgen, la pelvis de un camionero accidentado en la M30... Creé mi propia criatura de Frankenstein, pero, como en la novela de Mary Shelley, el ser debía de cobrar vida.

Los buenos escritores, cuando se enfrentan a un buen libro de cuentos o relatos, lo hacen con un concepto. Yo, no sé si porque no soy un buen escritor o porque soy un poco desastre o porque estaba bastante orgulloso de varios relatos, todos escritos por un motivo y con una idea en mente, decidí crear esta criatura y dar vida a Donde mueren los monstruos.

Donde mueren los monstruos, para empezar, tiene mucha literatura. Comienza con pura creación, con el monólogo de una cineasta que desnuda su carrera creativa y su recorrido artístico hasta la fecha soltando perlas sobre el proceso de creación y cómo las circunstancias definen la obra de cualquier creador. Sigue con el relato autobiográfico de un escritor convertido en negro literario, cuento que escribí a la par que este artículo sobre el tema y donde hago un recorrido por mis primeras creaciones.

A medida que avanza el libro, éste va perdiendo el carácter autobiográfico y los elementos románticos y fantásticos van cobrando peso. Sin embargo, como digo, la creación -en especial la literatura- sigue teniendo un peso cada vez mayor: una falsa memoria de Mauricio Wiesenthal plagada por los fantasmas de Lorca, Morente, Harper Lee o Salinger, una broma de la talla de la Metamorfosis de Kafka, una especie de mundo donde la poesía se ha transformado en religión de los hombres, incluso un homenaje a la novela negra con todos sus lugares comunes.

Y el amor, digo, el amor como motor que hace girar al mundo.

Y los monstruos, claro. Existe además una transición medida en la disposición de los relatos para que, a medida que avanzan las páginas, los monstruos cobren forma cada vez más literal. Así, de los monstruos figurados, casi imaginarios, poco a poco las narraciones incorporan monstruos o hipótesis más fantásticas que se mueven entre el "Y si..." y la alta fantasía.

Cuando conjuré las suficientes historias para conformar un libro, decidí probar suerte. Enviarlo a alguna editorial, desde una forma no definitiva con diez relatos... el tiempo, no obstante, me supo indicar qué sobraba y qué debía perdurar. Los monstruos resonaban como una percusión ancestral, yo me estaba derramando en una hermosa novela infantil, La extinción de los dinosaurios, para salvarme, para crear algo nuevo. Una inflexión necesaria.

Entonces, cuando Donde mueren los monstruos cobró su forma definitiva, decidí lanzarla a la arena de los premios literarios. Busqué uno que se adaptara a la cuestión literaria que rezumaba el libro así como a mis necesidades editoriales y económicas. Vamos, que me busqué un premio asequible, pero con solera. El premio de literatura para autores jóvenes que convocan la Concejalía de Juventud del Ayuntamiento de Granada y la Academia de Buenas Letras de Granada, a la par jurado del premio.

Otro elemento característico que sirve de unión, más allá de la temática (el monstruo como concepto, la fantasía como hilo in crescendo) es, sin duda alguna, un entendimiento del lenguaje como un ente vivo y orgánico, complejo, que se presta al servicio de la historia, esto es, una forma que se adapta al fondo de lo que quiero narrar, de ahí la influencia de lecturas tan gratificantes en su momento como las novelas de Ricardo Menéndez Salmón o Mario Cuenca Sandoval, por citar dos. Hago hincapié en este aspecto, porque la sintaxis sirve como elemento aglutinante para que ocho relatos sueltos se transformen en un libro coherente (al menos medianamente).

Una vez fallado el premio y anunciada la publicación, comencé a trabajar con una pequeña editorial de Granada, Alhulia, en la edición. Tras mis previas experiencias editoriales (sobre todo con la nefasta Diputación de Jaén), me sorprendió la eficiencia   y ganas de trabajar para sacar adelante un buen producto de la editorial. En febrero me anunciaron que había ganado el premio, y el 22 de abril fue la presentación oficial en el Ayuntamiento de Granada. El 23, en mi pueblo. Y un mes más tarde, el 24 de mayo, en Madrid. Ha sido la vida de este libro precoz y productiva, aunque me gustaría que, además de ello, fuera larga.

De hecho, la distribución está siendo mucho mejor de lo que podía imaginar para una editorial tan modesta. El libro está en Madrid gracias a Libros Melior, y Agapea la ha llevado a Málaga, Granada, Barcelona, ambos archipiélagos, etc. Además, es fácil encontrarlo en la Casa del Libro y otras cadenas, y basta con pedirlo en tu librería preferida para que la editorial lo distribuya sin problemas. En definitiva, lo estoy llenando todo de monstruos.

Supongo que sólo me queda terminar este texto de presentación del libro, el único que he escrito hasta la fecha, explicando que Donde mueren los monstruos será un libro pequeño, cierto, pero creo mucho en él. Considero que está lleno de literatura y, ante todo, me ha devuelto la fe en este oficio tras la experiencia gris de Nosotros, que poseemos la tierra. En el camino me he reafirmado en la convicción de que ésta es la forma de hacerlo, éste es el lugar que quiero ocupar en las letras y que, punto de inflexión o no, lo que viene de ahora en adelante os deparará muchas sorpresas. Mientras, creo que seguiré feliz mientras oteo el horizonte poblado de criaturas gigantes, de tentáculos y gritos, de escritores malditos y malditos escritores. ¡Y ojalá los monstruos os lo hagan pasar en grande como a mí!

4 de marzo de 2015

Dos maricones entre un hatajo de zombies


Hace algo menos de un año comencé a leer, no recuerdo bien a cuento de qué, todos los números de The Walking Dead publicados hasta la fecha, No sé, algo así como 120 o 130 del tirón, en 3  días de lectura frenética. Me fascinó de la serie los dilemas morales a los que sometía a sus protagonistas y, de paso, al lector.
En cuanto a la serie de televisión, reconozco que empecé a verla en su primera temporada al enterarme de que era Frank Darabont quien había desarrollado la adaptación. Sin embargo, pronto esa temporada comenzó a diluirse y la abandoné al final de su primer ciclo.
Más tarde, como digo, llegarían los cómics, con todas sus muertes (otro de los aspectos más interesantes de la  obra de Kirkman es el empleo de la muerte como motor narrativo, aunque a veces el uso deviene en abuso; el empleo de la muerte como motor narrativo y de conflicto sigue estando en poder de Joss Whedon), con los distintos emplazamientos, giros locos en torno a los caminantes y su origen, el Gobernador, Negan, más, más, más... El universo de The Walking Dead se atisba inagotable.
Por eso resulta interesante que su adaptación televisiva no haya aceptado el cómodo tránsito de medio y haya servido para expandir su universo, introducir nuevos personajes y diferencias en las tramas preexistentes; en otras palabras, la serie de televisión sirve como experimento narrativo y permite una reformulación de conflictos ya explorados en el formato original.
No obstante, la serie de televisión ha seguido fiel a temas y tramas efectivas en la novela gráfica: la transformación del héroe en antihéroe, la lucha por la supervivencia a toda costa, ya sean el precio pasar por el canibalismo, terrorismo, violaciones, asesinatos indiscriminados, venganzas personales... El motto de la serie parece ser aquel principio de Hobbes.
Con todo, la penúltima emisión de The Walking Dead en AMC se vio envuelta en una polémica (¡?) caduca. Nos presentaron a un nuevo personaje, Aaron, de esos que, de agradables, simpáticos, buenos, provocan recelo en los protagonistas. Si algo nos ha enseñado The Walking Dead es a no bajar la guardia. Y como nuestras peores sospechas parecían confirmar, el recién aparecido se acerca a otro desconocido y lo besa en los labios. Repugnante. Estos maricones.
Desde que se emitió el episodio, esta reflexión ya ha dado la vuelta al mundo en muchas y mejores apreciaciones que la mía. Sin embargo, no quisiera centrar mi atención en el hecho de que una serie donde hemos visto todo tipo de vejaciones y violencia de lo más explícita, a estos energúmenos les ofenda un beso entre dos hombres en una ficción donde han matado a niños a bocajarro, han dejado a personas tullidas, han violado, han devorado, han torturado a otros seres humanos. Pero aquí el problema no es la intolerancia de estos. Tontos los ha habido siempre.
Lo preocupante es, no ya que sea noticia, sino que sea noticia por lo excepcional de la presencia de Aaron y su chico en una ficción de estas características. Dirán los detractores de estos personajes que quien quiera ver maricas, que sintonice Queer as Folk, Banana/Tofu/Cucumber, Looking o Please Like Me, por citar tres ficciones claramente homosexuales. Tampoco es el caso de ficciones de marcado carácter gay-friendly como Glee o Torchwood; ni siquiera hablo de series con un componente inclusivo en cuanto a la comunidad LGTB, véase Buffy, Cazavampiros o Urgencias, donde ciertas tramas involucraban de forma directa a personas que vivían una sexualidad LGTB. El caso de The Walking Dead es mucho más interesante, e importante, y necesario, porque es meramente representativa. Robert Kirkman, como muchos creadores, tiene superadísimo el conflicto de la sexualidad y entiende que a estas alturas carece de interés como motor narrativo de la historia. De ahí que sus personajes homosexuales simplemente sean, o estén, o existan, en medio de la hecatombe zombie, pero no es su homosexualidad la que provoca los males que acechan a los hombres y mujeres protagonistas, su misión es más sutil, estar ahí, sobrevivir, pasar por el Apocalipsis sin mucho ruido, salvar el pellejo. Contarla más allá de las tripas y la piel.

9 de enero de 2015

Poetas portugueses I: Filipa Leal


Tomábamos café cuando llegó la familia
italiana. Era por la tarde en Vale Formoso, y sin viento.
Bebíamos limonada junto a los cipreses de la piscina,
las lagartijas calentadas por el sol.
Hablábamos de cine, de la nueva de Woody Allen,
que prometía Roma a sus fieles, y de las mujeres que bailan
en la mejor de Bertolucci.
Teresa, la diva, prometió entonces enviarnos de Italia
algunas películas, no sin antes preguntar
en su mejor portugués,
si podríamos verlas así, piratamente.
Fíjate: Teresa preguntó si podríamos verlas
así, tal y como tú empezabas a gustarme.
Así: piratamente.


En Vale Formoso, me acordé del hombre
que vendía, en la playa, imitaciones. Cuando era pequeña,
también yo imitaba a los profesores, a los amigos de los padres,
a los adultos que me parecían, todos ellos, caricaturas
de los adultos.
El hombre de la playa vendía imitaciones
de ropa cara, no de gente, imitaciones de marcas caras,
no de caras, no de gente.
Cuando posó su tenderete bajo la sombrilla,
una ola adulta subió de repente
y llenó toda la ropa de arena.
Mi hermana y yo estuvimos limpiando con él
pieza a pieza. Luego, por compasión, le compramos
mucho más de lo previsto.
Del agua, dijo entonces el hombre, viene siempre
un milagro.

(De Vale Formoso, traducción propia)


15

A veces, cuando cenaba con amigos
de amigos,
iba por el camino pensando
blanco o tinto
porque seguía siendo de las pocas cosas
en la vida
que podía elegir.


17

Del primer poeta que conocí
pensé que era un mendigo.
Lo era.


26

En el instituto, raramente
atendía en las aulas.
Me quedaba atrás leyendo el Jornal de Letras
y por eso no sé de dinastías
ni fórmulas químicas.
Pero desde luego aprendí
lo que era estar,
en cierto modo,
completamente solo.


38

Y un día llegó una gripe terrible
que aconsejaba a las personas que no se abrazaran
ni se besaran
ni se dieran las manos.
Realmente todo estaba
en mi contra.

Del libro Adília Lopes Lopes, não edições, 2014; traducción propia)

16 de diciembre de 2014

Premio Nosferatu por "La cajita"



Hace demasiado tiempo, más de un año, tal vez dos, me propuse escribir un relato para la revista de terror fosco Calabazas en el trastero, en la cual ya había tratado de publicar algo anteriormente sin éxito (recuerdo un relato terrible para el monográfico Arañas, y un relato que aún me fascina para el de Peste), de modo que empecé a reflexionar sobre el tema de la convocatoria vigente, Supersticiones, y lo cierto es que la idea estaba clarísima. Hay veces en las que para que una idea cobre forma necesitamos darle muchas vueltas, estudiar el tema, investigar antecedentes, homenajear, etc. En este caso, la idea, sencilla y clara, tenía forma de bombilla iluminada sobre mi calavera. Una sucesión de infortunios que le ocurren a alguien en absoluto supersticioso, alguien como tú o yo, personas a las que la suerte nos da igual, porque la suerte que tenemos es la suerte que nos labramos, ¿cierto? Os dejo con la nota de prensa con la que casi me enteré de la noticia y con dos opiniones que conciernen a mi relato: 

El relato de Jose Alberto Arias Pereira, "La cajita", ha sido galardonado por los lectores de Calabazas en el trastero: Supersticiones con el Premio Nosferatu. El autor recibirá de la mano de la Biblioteca Fosca, por ello, una réplica en póster de la fabulosa ilustración de David M. Rus.

Para mí "La cajita", por ejemplo, es de los mejores de la antología -junto al tuyo, por cierto-. Sin embargo, veo que a varios lectores les ha resultado confuso en algunos aspectos. La cajita (José Alberto Arias Pereira) El autor juega con una multitud de supersticiones para reflexionar al final sobre lo inevitable del destino, convirtiendo muchas supersticiones más clásicas en simples augurios más que en cosas a evitar. El resultado es un relato bastante ágil y entretenido, e incluso algo ligero pese a lo terrible de la trama.

“La cajita”, de José Alberto Arias Pereira, te remueve las entrañas. En el género de terror hay un tipo de historias que pueden producir malestar, y si eso se considera un logro, desde luego hay que aplaudir al autor, que en torno a un accidente doméstico con bebés de por medio te lo hace pasar realmente mal en una delirante narración repleta de “y si hubiera hecho esto...”.

29 de octubre de 2014

La gran mentira europea

Entre 2009 y 2013, emigraron 220000 jóvenes españoles. Yo mismo me fui a Lisboa hace un año. Antes, había vivido dos años en Madrid, el primero con una beca como creador en la Residencia de Estudiantes, el segundo con un contrato a media jornada en una guarderíaescuela infantil. Por las tardes, con las clases particulares, podía fácilmente llegar a los 700 euros al mes. Cuando acabó el contrato, de un año, decidí que quería seguir trabajando a toda costa. De este modo, me hice autónomo y comencé con las traducciones. Pagando el tasazo todos los meses. El mejor mes, cobré 700 euros. Sea como sea, aguanté un año como traductor freelance.

Durante todo el año pasado viví en Lisboa de forma totalmente ilegal. Trabajaba como autónomo, pero cotizaba en España y pagaba mis impuestos en España. Vivía de alquiler sin contrato. Todo negro, claro. Y no tuve ningún problema con respecto a esta situación laboral. Por lo demás, contaba con mi tarjeta sanitaria europea por si la tenía que utilizar, pero nunca se dio el caso.

Este año he decidido volver a la capital lusa, aunque con la intención de cambiar de situación. Dejar atrás el autónomo y sus inenarrables impuestos, y comenzar actividad laboral y fiscal en Portugal de forma absolutamente legal. Mandé mi CV a una empresa de telecomunicación con la esperanza de que mi perfil de idiomas y comunicación fuera suficiente. Les interesé; me llamaron. Hicimos una entrevista de una hora en español e inglés. Me ofrecieron dos proyectos, y me citaron para una entrevista presencial una semana después, ya en Lisboa.
Llegué a Lisboa un lunes, y el miércoles por la mañana hice la entrevista. El viernes me convocaron para otra entrevista telefónica, ya directamente con la empresa responsable del proyecto. Ese mismo día me anunciaron que había sido elegido y que habría de incorporarme el lunes para la semana de formación. Acababa de comenzar la pesadilla.
Para poder firmar el contrato, me pidieron los siguientes documentos:
-NIF
-Certificado de registro como ciudadano europeo
-Número de mi cuenta bancaria
-Registro criminal

NIF
Me presento en Finanzas (una suerte de Hacienda) DNI en mano para solicitarlo. Me dicen que, si voy a residir aquí, tengo que presentar otro documento, el Certificado de registro como ciudadano europeo. Le digo que sin NIF, no firmo contrato. Me dice que nanai.

Certificado de registro como ciudadano europeo
Esa misma tarde voy a la Loja do ciudadão, así, en general. Las Lojas son los departamentos fiscales en que se divide Lisboa por freguesias. Total, en cada loja hay 20000 servicios distintos (Hacienda, correos, extranjería, impuestos, DNI...). Encontramos el servicio donde me toca solicitar la ciudadanía europea. Transcribo la conversación:
-Hola, hoy he estado en finanzas para solicitar el NIF, que me piden para firmar el contrato, y me han dicho que me falta un documento que tengo que pedir aquí.
-Aham.
-Pues eso, para pedirlo.
-¿Vives aquí?
-Sí, llegué la semana pasada para trabajar, ya he comenzado la formación, pero para que me hagan contrato tengo que llevar el NIF.
-¿Dónde vives?
-Aquí al lado, en casa de un amigo.
-No tienes un contrato, ¿verdad?
-No. Necesito el NIF para firmar el contrato.
-Pues sin contrato no te puedo dar el certificado. Mira, aquí dice que para obtener el certificado, necesito un justificante de actividad laboral. Además, sólo se puede solicitar al cabo de 3 meses en Portugal y tienes que justificar tu llegada registrándote en extranjería antes de que pasen 3 días de tu llegada. Si no, un contrato de alquiler o algo que demuestre que vives aquí.
-Pero en Finanzas me dijeron...
-Yo no me invento nada. Mira, está aquí.
-Ya, pero aquí no dice nada de vivir aquí con contrato...
(Saca un tomo de 5 kg).
-No me invento nada, está todo aquí.
-¿Entonces lo de la libre circulación en Europa es un bulo?
(Me mira, sonríe, satisfecha)
-¿Y cómo se supone que voy a abrir actividad laboral si no consigo este documento?
-Si el señor de Finanzas se quiere hacer responsable por ti o alguien se responsabiliza de tu situación...
(Me voy, indignado, a Finanzas)

NIF (II)
Esta vez, le explico al señor de Finanzas que vengo a solicitar el NIF. Me pide el DNI, y me explica que tendré que hacerlo como no residente, pero me voy en el momento con el NIF en la mano.
10.2€

Cuenta bancaria
Sin domicilio ni contrato de trabajo, ni me planteo lo de abrir la cuenta. Expongo en el trabajo mi problema y me dicen que temporalmente puedo utilizar la española. Respiro aliviado. Respiro aliviado ;)


Registro criminal
Descubro que junto a mi trabajo hay un nido de funcionariosedificio del gobierno donde hacen todo tipo de gestiones, entre ellas expedir registros criminales. Me acompañó un compi del trabajo durante la hora de la comida, porque -evidentemente- mi horario de trabajo es completamente incompatible con la hora de apertura y atención al público de todos los organismos oficiales. Aquí bien, llegué, me pidieron el DNI, preguntaron si trabajaba en mi empresa (me delató la tarjeta de identificación) y me cobraron las tasas. Expedido en el momento, de este documento no puedo entregar copias, sólo el original, que por algo lleva papel sellado.
5€

Firma de contrato (Round 1)
3 de 4 documentos. Nada mal, me digo. Intento firmar con el NIF, registro criminal y mi cuenta bancaria española. Entrego para ello pdf con IBAN y código SWIFT que imprimen al momento. No obstante, me advierten que no pueden hacer el contrato sin el certificado de residencia europea. Les explico que la señora de la loja no me lo entregaba ni a pesar de que tenía ya un NIF portugués, que me exige más documentos y 3 meses de residencia en Portugal. Entonces es cuando nace el mismo Belcebú, esto es, un nuevo documento, el atestado de residencia...

Atestado de residencia (I)
Me planto en la Junta de Freguesia (organización administrativa de la ciudad) de Arroios con dos amigos portugueses, una con residencia en Arroios. Damos por hecho que con mi DNI, el testimonio de dos portugueses y los documentos que he obtenido de momento debería bastar. MAGNO ERROR. Nos dice la funcionaria de turno que para rellenar el atestado de residencia hace falta que ambos testigos pertenezcan a esa freguesia, esto es, que estén inscritos en el censo en esa freguesia. Pensamos alternativas. Es viernes por la tarde-noche y en la empresa ya he terminado la formación y empiezan a presionar, Tengo que firmar el contrato cuanto antes. El sábado por la mañana no abre la Junta de Freguesia.

Atestado de residencia (II)
Lunes por la mañana. Después de hablarlo con mi jefa, estamos de acuerdo en que lo mejor es perder la mañana del lunes y resolver el documento pendiente cuanto antes. A primera hora (9,00h) me presento en la Junta de Freguesia de Alvalade, donde una amiga y su madre han accedido a servirme de testigos para obtener el atestado, documento clave para obtener el Certificado de residencia europea. Ambas firman y rellenan sus datos. Hacemos creer al sistema que yo vivo en su casa y que llegué a Lisboa en julio (por lo de los 3 meses), entregamos todo, fotocopian mi DNI, las tarjetas electorales de las testigos y les hacemos ver, de forma amable, que me corre prisa por el tema del contrato. Me dicen que las cosas de palacio van despacioen un máximo de 3 días tendré el documento firmado por el presidente de la Freguesia. Vuelvo corriendo al trabajo. Esa misma tarde me piden con amabilidad que al día siguiente no vaya a trabajar. Ya he superado las 40 horas de formación y me encuentro en situación de ilegalidad. Hasta que no tenga el atestado y, por ende, consiga el Certificado de la UE, no puedo firmar, ergo, volver a trabajar.

Certificado de registro como ciudadano europeo (II)
Es martes. La noche anterior he visto por vigésima vez El verdugo. Me parece descacharrante la escena en la que José Isbert responde a cada atrevimiento del funcionario con un nuevo documento copiado, fotocopiado, compulsado. Esa misma mañana me explican que el documento ya está listo, sólo falta que me lo firmen las autoridades (in)competentes. Insisto en la premura, me dicen que me avisan. A las 5 me dicen que ya está. Hay que recogerlo e ir corriendo a la Cámara Municipal de Lisboa. Llego a las 6 y pico, una hora antes de que cierren. Espero que no me haga falta nada más. Llevo DNI y copias del DNI, el NIF original, el atestado de residencia obtenido una hora antes.
Creo que nadie jamás en mi vida ha estudiado con tal minuciosidad mi DNI. Tras completarlo todo, asegurarle que llevo en Lisboa desde julio y firmar algún que otro impreso, me permite pagar la factura y, acto seguido, me entrega el Certificado de registro como ciudadano europeo.
15€

Firma de contrato (Round II)
Miércoles por la mañana. Llego a la oficina a las 9,00h. No hay nadie en secretaría, no está la chica que se ha encargado de todos mis documentos hasta ahora. Le explico la situación a la encargada y me dice que ok, que firmemos. Empieza a imprimir e imprimir impresos (valga la redundancia), fotocopia el certificado, comprueba una vez más todos mis documentos y, al cabo de 1 hora de rellenar formularios y firmar, firmar, firmar, me entrega el contrato.


Supongo que todo comienzo requiere de un proceso organizado, y que toda burocracia es aburrida y, a ojos del sufridor, inútil.
Supongo también que los ciudadanos que vengan de Sudamérica o África tienen que pasar una auténtica tortura para normalizar la situación.
Supongo además que la Unión Europea quedó en sueño, sí, pero en el sueño de los justos.
Ahora nos extrañamos por esta auténtica corriente hedienta de corrupción. Curioso que sean ellos, los responsables, los mismos que mandaron a 220000 jóvenes fuera de nuestras fronteras, los mismos que permiten y establecen que la única economía posible sea la sumergida. Los mismos que le reían la gracia al joven Nicolás, que no tendrá que vérselas así por un maldito sueldo de 750 pavos a cambio de qué. Si Europa era esto, las fronteras y las dársenas, las colas y los cortapisas, yo me bajo en esta parada.

19 de octubre de 2014

La biblioteca de Bélmez

¿Antigua biblioteca de Bélmez?
Hace unas noches tuve un sueño extrañísimo y de profusa melancolía. Supongo que cualquier sueño que tenga lugar en una biblioteca se encuentra tamizado por la bruma de la melancolía. El caso es que la biblioteca era enorme, y escondía pasillos en los que yo nunca me había adentrado. En los últimos, los del fondo, se encontraban libros casi ocultos, especies de grimorios cuyos vecinos siquiera conocían tal acepción. Allí, al fondo, encontré comida. Mucha comida caducada, como si la biblioteca de Bélmez hubiera sido un lugar donde vivía gente. El señor miope encerrado en una biblioteca al final del Tiempo a quien se le rompen las gafas. Los lectores despistados a quienes la bibliotecaria (la Juani) dejaba encerrados en un descuido. Muchas veces fantaseé con esto, con lo de quedarme un fin de semana entero encerrado en la enorme biblioteca de Bélmez. Sólo que ahí no había comida. Había muchos libros, y mucho polvo, y hasta un barco de madera de alguna olvidada feria cultural. Un vestigio de una maravilla.
Antiguamente la biblioteca de Bélmez se encontraba junto al Parque del Nacimiento, lugar que quedó reservado al ambulatorio. El cambio le vino bien; los libros pudieron así gozar de espacio de sobra sobre el tranquilo hogar del jubilado. Los niños de los ochenta y noventa pudimos así descubrir este espacio mágico (siempre me ha provocado curiosidad saber cómo y cuándo descubrió cada cual su primera biblioteca), en mi caso acompañado de un amigo que ya la conocía a través de una hermana mayor. Recuerdo la impresión, la sensación de templo que me invadió al ver todas aquellas estanterías y libros viejos (porque los libros siempre fueron viejos ahí). El silencio. Ese silencio exagerado en cine y televisión, porque la biblioteca de Bélmez jamás fue demasiado silenciosa. Hace un par de días, mientras paseaba por la librería más vieja del mundo, me percaté del silencio abismal existente a pesar de que todas las salas estaban llenas de gente. Como una iglesia, pensé. Sólo una iglesia o un museo es tan silencioso. Por eso recuerdo los libros viejos y recuerdo el silencio, y los sillones bajos que nadie usaba junto al revistero al que jamás llegaron revistas nuevas. Más tarde llegaron ordenadores, y ruido de niños que no disponían de esta tecnología en casa, y mis primeros flirteos con Internet cuando aún lo estábamos inventando. Todo esto en aquella biblioteca.
Era de comunión diaria; cada día iba a la biblioteca y acariciaba los tomos, los olía, ojeaba los nombres de quienes habían sostenido ese libro en sus manos antes que yo, la caligrafía espigada de Pura, la anterior bibliotecaria, los libros que nadie había leído desde 1970 y tantos... Cada libro, a su modo, contaba una historia que había que aprender a leer. Lenguaje corporal, un símil. Llegado un punto, conocía todos los libros de la biblioteca como las palmas de mis manos (al menos los de la sección infantil y juvenil), y comencé el abordaje del siguiente pasillo: novela adulta. No había demasiado donde escoger, pero ocultaba ciertos tesoros. Los demás pasillos, reservados a libros de consulta, colecciones y enciclopedias, siempre me resultaron terreno desconocido.
Nunca perdí ningún libro. En la biblioteca de Bélmez no había multas por devolver los libros tarde, y probablemente la mitad de los fondos se encuentren dispersos por medio Bélmez de la Moraleda. En mi casa, sin ir más lejos, guardo con celo Insolación de Pardo Bazán, El gran Gatsby o El médico de Noah Gordon, entre otros. Para cuando abra sus puertas de nuevo.
La biblioteca cerró tras un verano de dudas. Recuerdo que pasé como era habitual y tras recepción había otra muchacha del pueblo haciéndose cargo. Yo traía una lista de lecturas que pretendía finiquitar durante el estío, y me las llevé todas sin ficha, con la deuda en un papel de dudoso futuro. Luego cerró. Para siempre. En su lugar se construyó un Centro de Día. Que permanece cerrado. En un plan a priori encantador, se demolió el antiguo colegio del Bélmez y encima se construyó un pequeño parque, el polémico Centro de Interpretación de las Caras y, aprovechando un edificio original, la Biblioteca de Bélmez. El Centro de Interpretación abrió hace 2 o 3 años, con su aparcamiento subterráneo, y el parque se inauguró de igual modo. La biblioteca de Bélmez está terminada, los libros en sus baldas, el edificio perfectamente restaurado, con los enormes ventanales que alumbraron a generaciones de párvulos, hay incluso conexión Wi-Fi gratuita para quienes pretendan hacer uso del Parque de la Cultura (como se ha tenido a bien llamarlo).

una parte de mi biblioteca
Quien me conoce sabe que puedo pasar horas en una biblioteca o en una librería, ya sea la más grande o la más pequeña del mundo (que se encuentra en Lisboa, por cierto). Que esos templos son tan lugares de fe como cualquier iglesia o mezquita o sinagoga. Que quien entra en una biblioteca lo hace en un acto de fe, porque espera encontrar paz, y respuestas, y aquello de lo que la vida lo privó. Por eso estos tres meses han resultado decepcionantes y frustrantes, porque la Biblioteca de Bélmez está lista para alzar el vuelo, pero no vuela. Y hablo de un pueblo que lleva ya la friolera de 3 años sin biblioteca, y un pueblo sin libros es menos libre, y menos bonito, y menos culto, y menos pueblo. También dediqué mi tiempo libre este verano a ordenar mis libros. En convertir mi biblioteca en una biblioteca de escritor. O al menos en una biblioteca de aquello en lo que me quiero convertir. Coloqué todos los libros que ya no necesito en una caja enorme. Sumarán al menos 30 libros. Algunos ya los regalé a mis primos pequeños, pero la intención última era donar esa caja (y devolver mi deuda) a la biblioteca de Bélmez.
Pero aún se trata de algo utópico.

8 de septiembre de 2014

home

hogar es contigo










8 de agosto de 2014

27 añitos, fiera I

Antes de que algún lumbreras empiece con la ocurrencia del Club de los Veintisiete, al que no me importaría pertenecer, prefiero ser yo quien dé la bienvenida a la onomástica como lo merece.
Siempre recordaré los 26 con un escalofrío.
Recordaré la soledad, el frío, el miedo, el hambre. Recordaré las ganas constantes de vomitar que aparecen a cualquier hora de cualquier momento de cualquier refugio. Porque el miedo no pide permiso al entrar, y esto no es una película de ciencia-ficción romántica donde al final se saca la cabeza.
Recordaré los 26 con algo parecido a la rabia, a un enfado con el mundo y unos ojos y una esquina manchada de sangre e hileros de arañas. Obviaré ese año como si hubiese durado un segundo de dolor que hace sangrar la nariz. El año en que vomitamos sangre, el año en que temblamos en la cama a las cinco de la mañana.
Siempre me ha hecho cierta ilusión cumplir años. A quién no le gusta un poco de atención, ser el centro en torno al cual gravita todo por un día.